Todo empieza con una mirada, unos ojos que penetran en tu ser como el punto de mira de un león a una gacela herida. Esos ojos dicen "no sé durante cuánto tiempo y todavía no sé por qué, pero tú vas a ser mi víctima". Con el tiempo aquel odio nacido de la nada se traspasa a las cuerdas vocales y éstas se atreven con una burla. Algo inocente, fácil de ignorar para ser la primera vez, algo ligero para tantear el terreno, un "eh, tú, gordi".
E inmediatamente, en cuanto el cazador ve que tus defensas han bajado la guardia, que los soldaditos de tu autoestima todavía están dormidos: ¡BAM! Bienvenido a tus primeros Juegos del Hambre.
La cosa va de cero a cien en cuestión de días. Las risas burlonas, los murmullos y los comentarios por lo bajini se vuelven insultos a plena voz por los pasillos, en el patio, o de buena mañana... Van a recordarte cada día del mundo que lo que eres no les gusta y lo harán con la cruda crueldad de los que no conocen algo más satisfactorio que pisar tu ego y el de los que no saben reaccionar con la misma egolatría y agresividad a sus insultos. Van a hundirte hasta que decidas que "ya es suficiente" y decidas pagarles con la misma moneda, o que, en el peor de los casos te digas "tiene razón" y te sumes a la paliza que vas a recibir y te preguntes: ¿por qué soy así? ¿Por qué soy distint@ a los demás?
Conocí a mi cazador en segundo de primaria. Vamos a llamarle M de media-mierda, porque ese era su nombre.
Era pequeño como un tapón, delgado como una caña y por consecuencia, el más matón y popular de la clase. Lógica de la jerarquía escolar. Bien.
M tenía su grupito de amigos, niños con los que también se metía y a los que también insultaba pero que deliberadamente decidían aceptarlo como un bonus por ser su amigo. Como a los que les regalan la suscripción al gimnasio cuando entran en una gran empresa. Los compinches no tardaron en sumarse al coro de risas que acompañaban los insultos de M hacia mí: "Gorda de mierda". Risitas. "¡Elefante, ballena!". Risitas. "¿Cómo puedes estar tan gorda?". Risitas.
Y eso mismo acabé preguntándome a mí misma: “¿Cómo puedo estar tan gorda? Debe ser algo malo ¿no? Porque se meten conmigo día sí día también y es lo único que tienen a decirme. No mencionan mi color de pelo o de ojos, ni siquiera mi estatura ni mis pies torcidos hacia dentro. Tampoco mi habilidad para aprender inglés, o mis notas de excelente, o todos los premios de literatura que me llevo. Sólo hablan de mi gordura. ¡Tiene que ser algo terrible, tengo que cambiar a toda costa o no llegaré a ser como ellos!
Qué equivocada estaba, qué poco sabía de lo mucho que valía y de lo poco que quería ser como ellos. Obligué a mi madre a que me llevara a médicos y nutricionistas. Todos se esforzaron cuanto pudieron, pero nada iba a cambiar si yo no acababa de entender por qué tenía que cambiar. ¡Era una niña, maldita sea!
Si tuviera a la versión infantil de mí misma delante ahora mismo, sé perfectamente qué le diría. Le diría que ignorara todo lo que le hiciera daño, que M terminaría siendo un garrulo sin trabajo, que ni terminaría la ESO y que intentaría contactar con ella años más tarde por Facebook y ella denegaría la solicitud de amistad. Le diría que tendrá una adolescencia fácil y que disfrutará todo lo que no podía disfrutar entonces. Le diría que tendrá su primer beso a los 15 años con un chico tan guapo que sus amigas van a envidiarla. Le diría que vivirá un breve romance con un jugador de rugby. Le diría que vivirá fuera durante un tiempo y volverá a casa cogida de la mano del amor de su vida. Le diría que es bella y que nada tiene de malo ser como es, porque es eso mismo lo que le ha traído tantas cosas buenas.
Las burlas de M y sus esbirros y muchos más que estaban por venir me dejaron una cicatriz que hasta hace muy poco, parecía imposible de curar. No recuerdo lágrimas (aunque seguramente las hubo), pero sí recuerdo mirarme en el espejo durante horas, de frente y de lado, del derecho y del revés, frustrada, intentando encontrar la razón por la que forma de mi estómago era tan molesta para ellos. Al final conseguieron su propósito, pero qué orgullosa estoy de no haber cambiado ni un centímetro mientras duró la tortura porque, de haberlo hecho, no sería ni de lejos la persona que soy hoy.
Some people will throw stones in your path
It depends on you, what you make with them:
A wall? Or a bridge?
Remember: You are the architect of your life
( ésta es la versión de mí que siempre veré en el espejo )
El acoso escolar es una realidad que afecta a miles de niños y adolescentes en el mundo. El bullying que se sufre en silencio puede llevar a casos extremos de depresión, ansiedad, auto-lesión o suicidio. Si eres víctima de este acoso o conoces a alguien que lo es, no te quedes callado. Habla con un amigo, un padre, tutor o profesor. Y sobretodo piensa que por muy difícil que parezca al principio, vivirás una vida extraordinaria. Súmate a contar tu caso en tu blog y etiquétame en Twitter con #HablemosDelBullying.

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